En nuestra memoria corporal se guardan los movimientos internos de nuestra etapa prenatal, de infancia y de juventud. Ahí vemos sobre todo lo siguiente: “nunca hemos hecho otra cosa que amar”. Las Constelaciones Familiares ponen de manifiesto cómo el amor inconsciente da forma a nuestra vida desde una necesidad interior.

Desde el presente, desde el “ahora” miramos a nuestro pasado, a nuestro “entonces”. ¿Cómo actuábamos, sentíamos y pensábamos cuando éramos jóvenes, niños o cuando estábamos en el vientre materno antes de nacer? Vemos como el “amor dependiente” aseguraba nuestra supervivencia, sin cometer errores, ya que todavía estamos ahí.
En el presente, cuando ya no somos dependientes de los padres y de otras circunstancias, el otro polo del amor puede volverse activo. El amor por uno mismo se ocupa del crecimiento. No tiene ningún interés por la supervivencia o el control. Busca desarrollo y entrega. Puede llevarnos a un “ser adulto” interior, más relajado, a la vida en el “ahora”.
En el trabajo con Constelaciones Familiares se trata sobre todo de ver cómo y para qué activamos actualmente, y de manera inconsciente, algunas estrategias de supervivencia del pasado. Lo hacemos en situaciones que nos parecen similares, como son conflictos, síntomas o crisis. Tan pronto como reconocemos estos “ecos”, podemos confiarnos al presente y nuestro interior se vuelve más tranquilo, libre y fuerte.
El amor inmaduro es agotador, el amor maduro es energizante.
